RESEÑA HISTORICA DE LA VENERADA IMAGEN DE JUSTO JUEZ

La imagen del Divino Justo Juez de la Santa Iglesia Catedral de la ciudad de Quetzaltenango, es una joya colonial burilada y tallada en 1,531 por Juan de Aguirre, de origen Peninsular, según el mismo Aguirre venía del Perú, a solicitud del Padre Franciscano Gonzalo Méndez. Juan de Aguirre esculpió varias imágenes y entró a la orden Franciscana en Guatemala con carácter de Fraile lego, no habiendo más información sobre él.

Víctor Miguel Díaz (1,865 – 1,940), escritor guatemalteco, tejió una bella novela de la vida de Juan de Aguirre atribuyéndole varias obras adicionales, como el Jesús Nazareno de Candelaria y Justo Juez en Quetzaltenango.

La imagen de Justo Juez de la Catedral de Quetzaltenango, cuya escultura es idéntica en ciertos rasgos a la imagen de Jesús Nazareno de Candelaria que se venera en la parroquia del mismo nombre en la ciudad de Guatemala.

Se tiene conocimiento que sale procesionalmente desde el siglo XVIII y fue conocido como Jesús Nazareno de la Parroquia del Espíritu Santo hasta en 1,910 ya que con la llegada del Nazareno de San Juan de Dios hubo confusión entre la feligresía por la existencia de 2 Nazarenos, disponiendo entonces la Cofradía cambiarle el nombre por el de Justo Juez.

Hasta la fecha sigue siendo venerado y procesionado por socios y devotos los días Martes Santo, Jueves Santo y Viernes Santo.

En año 2.009 se decide realizar una restauración debido a que con el transcurso de los años había sufrido algún deterioro, misma que estuvo a cargo del restaurador Jorge Carías, regresando a Catedral Altense con mucha alegría y devoción por socios, devotos y cucuruchos de hermandades invitadas al cortejo procesional, saliendo de la casa social de nuestra hermandad.

En nuestros archivos históricos, existe un cuento crónica llamado la Visión del Alba del historiador Quetzalteco Francisco Cajas Ovando, en el cual narra como surge un mandato divino para burilar al Nazareno Justo Juez, un fragmento del mismo dice:

Un día jueves los cielos estaban clarísimos que parecía el día iba a estallar en partículas de mil soles, aquella luz iluminaba el taller de Juan mientras esculpía varios ángeles para la capilla de Loreto del Templo de San Francisco él Grande, Dios había querido enviar a los heraldos divinos, salidos de las manos de Juan para que anunciaran un portento.

La luz amarillenta de las velas iluminaba la estancia, los ángeles en su rigidez parecían tener vida y estar gozosos de algo. La noche silenciosa invadió todos los lugares de la ciudad. Juan de Aguirre quiso salir a dar un corto paseo por las calles de la capital pero sintiéndose cansado dispuso dormir. Ya echado sobre su catre se fue durmiendo lentamente con la vista puesta en el Cielo.

Ya el Alba tendía su manto celeste sobre el firmamento cuando Juan sintió que lo movían, despertase inquieto y vio una blanca mano aferrada a su brazo derecho al levantar la vista asustado vio la tez blanca y perfecta de uno de los ángeles que había esculpido.

Pero como!!!, Juan venid conmigo que el Señor espera. Habláis imposible vos ereis el ángel que yo hice Juan seguidme y sabréis todo.

Amodorrado completamente Juan de Aguirre siguió al ángel de blanca túnica y tiara brillante en la cabeza. Transpusieron el umbral de la casa y ya en la calle contemplo atónito a los otros ángeles que le sonreían.

Todos con vida no es posible –exclamó- Los ángeles cargaban una litera de oro adornada con bellas telas. Entrad Juan dijo el ángel Y yo Pasad

Juan entro y al momento los ángeles comenzaron a volar llevando en hombros la litera; a los pocos segundos la semiclaridad se torno en un día de sol radiante con campos llenos de rosas y flores bellísimas, las rubias cabelleras de los ángeles danzaban al viento como hebras de oro caídas del cielo. Se detuvieron ante un jardín exquisito. Él ángel dijo:

Juan podéis bajar, aquí es.
Por el Dios vivo, decid, que hago aquí.
Caminad por ese sendero que la Reina viene a veros.
La Reina

Juan miró a los ojos al ángel y echo a caminar, a medida que andaba las flores se volvían más fragantes, más hermosas; millares de aves volaban por el cielo gogeando dulcemente, Juan estaba maravillado. De pronto distinguió una figura que venia caminando hacia el, luciendo un manto carmín y una túnica blanca. Juan alzo los ojos y la vio y fue tal la sorpresa que cayo de rodillas, Dios mío, si es la Virgen, si es la Dolorosa, que he hecho.

Ante el estaba la escultura de la Dolorosa de Obide y viva ante el las aves y las flores estaban detenidas en derredor y los ángeles tenían la rodilla en el suelo.

Madre, madre mía exclamo Juan al ver la mas dulce de las sonrisas del mundo, en los labios de la Virgen.

Con toda ternura la Virgen le puso las manos de azucena sobre la frente y lo bendijo. Luego levantando la mano señaló hacia el frente. Lo que vio Juan lo dejo mudo, era el esplendor del Nazareno. Cansado y abatido aparecía Jesús entre unas nubes. Tras el un ángel portaba unas balanzas, la justicia del cordero.

Juan cerro un momento los ojos y cuando volvió a abrirlos estaba acostado en su taller, tal impresión tenia que se levanto inmediatamente, los ángeles estaban tal y como la noche anterior los había dejado, se acerco, los palpo dándose cuenta que estaban rígidos incapaces de hablar o de moverse.

En su mente tenia grabada una figura. Emocionado inmediatamente burilo la imagen de Jesús -Justo Juez-.

Cuando termino la obra Juan se maravillo ante la doliente y agobiada majestad del Nazareno que llegaba cansado al monte Calvario y aquellos moretones, y aquel gesto y la crispación de sus manos y aquella espalda doblegada de dolor de peso de martirio. Y aquel paso elegante del Dios Nazareno que cargaba la cruz por impartir amor dulzura y esperanza.

Ahí estaba ante la figura del Nazareno tal y cual la había visto aquella madrugada.

Fuente: Novenario a Justo Juez / Textos Históricos HJJ